Post Mortem
Hundieron agujas
en la carne de la tierra,
y no era agua lo que brotaba,
ni oro
Era fiebre,
una espuma,
un líquido espeso,
de un color codicioso
que nadie quiso beber.
Reabrieron las heridas de la tierra,
con máquinas sofisticadas
quirúrgicamente seleccionadas,
que inyectan químicos indelebles
en sus venas ya cansadas de dar.
Y siguen sin entender,
que ella es un espejo
un reflejo de nosotros.
El agua, antes clara,
se vuelve amarga en boca
de los que tenemos sed,
mientras los ríos arrastran sombras,
y los peces que una vez nadaron,
hoy chocan, putrefactos
entre rocas sin cesar.
Y en ese aleteo post mortem
susurraron un idioma roto,
una sabiduría ancestral ya descartada.
Soñé un río que ardía bajo la luna.
De la espumosa bruma,
salían animales extintos
y uno me lamió los tobillos.
En las paredes del sueño,
se abrían túneles,
agujas que perforaban
todo a su paso.
Y a la tierra solo le queda temblar
como un cuerpo enfermo.
Vi casas de aire envenenado,
niños con pulmones de ceniza,
tiburones volando
en un cielo de petróleo.
Y alguien me susurra:
el agua resiste,
el agua obedece
a nuestro animal ancestral.
Es que las montañas murmuran
al ser profanadas
como si recordaran.
Sienten pavor de aquellos
que con sus ojos viles
persiguen oro y criptomonedas
mientras un futuro famélico
espera un abrazo tardío.
Escribo con la garganta áspera,
como si la tos fuera un idioma.
Y un río atraviesa mi cuerpo:
lleva esqueletos de corales,
lleva la palabra infancia
a un mañana envenenado.
Y en medio del derrumbe
una golondrina enciende
a la luciérnaga amiga
se miran y se preguntan
“¿qué será de nosotros
cuando hasta el aire
se convierta en polvo?”
Desechos desde los cielos,
nos corrompen los cuerpos
mientras tanto,
vemos caer pájaros
como mensajes que nadie quiere leer…