Melodías tardías
Necesito un día o dos para recordar algún instante para imaginar dos canciones de Camille Saint-Saëns para embalsamar pasado con presente.
Trasponer el tutú con la pluma y escuchar el crujir de esa infancia que se aproxima al pronunciar algunos encantamientos. “La danza por la música, la escritura por la música”.
La expresividad solo me fue concebida ese verano inicial en donde todo despertó. Caluroso, por cierto. Lo que fue un sueño hoy es huída.
No vine acá a hacer amigos. Vine a golpear mi cara contra el asfalto vine a despertarme. A traer conmigo faroles que alumbren las polaroids del ayer a limpiar la distancia entre palabras eternas, no puedo seguir, me inunda una emoción fugitiva.
Hoy a esa niñez no le pregunto más nada. Ya la he dejado de molestar no me corresponde. Las preguntas que me he dejado de hacer “Quién soy” “Quién fui” “A quién quiero traer de vuelta” Ya quedaron viejas.
A lo lejos, la música siempre está omnipresencia de la única fiel. Me golpea me envuelve. No pide nada a cambio eso sí, algo de verdad.
Trae consigo frases tachadas, personajes errantes, miradas infames, y el frío recordatorio del tic tac. Exige volver al inicio. Al primer hilo de vida.
Mi decisión radical de estar acá parada, frente al movimiento y a la procrastinación, es tatuar algunas melodías olvidadas que reinaron en esos días de juegos en donde con mi papá éramos los hacedores de la nada.
Los CDs y vinilos abarrotados de huellas las tardes de sonrisas, nesquik y galletitas que eclipsaban por un rato todo lo demás.