Duellum

Las aves ciegas siguen picándome, desgranando lo poco que queda de mis ojos. Los siento flácidos, pasados, como dos huevos que hirvieron durante horas pero nunca explotaron. Mientras en posición inmóvil no logro despertarme. Yazgo en un lugar de innombrables donde las palabras no pueden ser nombradas. Entiendo rápidamente que estoy en un sueño demasiado largo para mi gusto. Con evidente dificultad veo al final de un pasillo un bebé reclamando mi atención, intentando desesperado que lo alzara. Nos fuimos acercando como dos objetos imantados. Cuando logré levantarlo, con cierta dificultad, pesaba como una bolsa de cemento con algunas plumas, ese montoncito de calor que no era cualquier bebé, era una bebé muy similar a mí pero a la vez totalmente distinta, llena de margaritas blancas y pecas en su cara de almendra. Movía las manos, me las acercaba, olían a manzanilla y sus ojos eran de un negro profundo. Era la misma que me aparecía en polaroids, secuencias de ensueño… La misma que posaba junto a mi mamá en el ´93. Ellas dos, frente a todo pronóstico, juntas en un vestido italiano negro con margaritas amarillas y blancas que todavía hoy conservo. Me invadió la alegría inmensa del reencuentro. Era nuestro recinto, un pasillo enmarañado de espinas pero ahí estábamos las dos hermanas juntas frente al tiempo y al olvido. “Nadie nos puede quitar esto”, pienso. Mi mamá no tuvo la misma suerte… Ellas dos que no pudieron despedirse, ellas dos que no quisieron despedirse… Pero acá estábamos, en este sueño que es nuestro y nadie nos lo puede arrebatar, por estos segundos robados y privados nadie nos interrumpe. Intento recuperar en una oración 30 años perdidos, sonrisas enfrascadas, pero ella no responde. A mi hermana muerta la veo irse, no me da explicaciones. “No hay más que oxígeno en mí”, le digo. “Te puedo compartir lo que me queda” Ingenuamente sigo intentando ponerle curitas a todo. Pero el oxígeno inicial le faltó a ella. El cordón umbilical apretó en exceso. La muerte la sorprendió en ese minuto crucial sin posibilidad alguna de chances ni revanchas. Hoy me acompaña un vago recuerdo, mis manos diminutas en una tela de lino, abajo de ella, un latido, una caricia tímida de mi mamá que intentaba no alimentar mis celos. Una canción a punto de comenzar que en unos días iba a ser interrumpida.